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jueves, 21 de febrero de 2013

Cumbres y Llanuras, de Hilarión de Monte Nebo


Bajo el pseudónimo de Hilarión de Monte Nebo, Josefa Rosalía Luque Alvarez escribió dos de sus obras fundamentales que giran en torno a la vida de Jesús de Nazaret y a sus discípulos. La primera corresponde a la trilogía conocida como Arpas Eternas mientras que la segunda –que es la que nos ocupa- se centra en la vida de sus discípulos y ha sido publicada con el título de Cumbres y Llanuras.  



No se trata de una novela; tampoco de una descripción histórica. El texto excede ambos géneros. Para comprender la obra de Josefa Rosalía Luque Alvarez es necesario ubicarnos frente a la vida de una mujer de carácter singular, considerada una de las espiritualistas más destacadas de nuestro país en el siglo XX, que durante más de treinta años canalizó las enseñanzas transmitidas por seres cuya existencia se sitúa más allá de nuestro plano físico. Su obra tuvo tal dimensión que pronto concitó el interés de numerosas personas, dedicadas con afán a la búsqueda de una espiritualidad renovada y que encontraron en sus libros un sentido profundo de la misión de Cristo en la Tierra, a punto tal que sus textos han sido la base de una Escuela Espiritual que se conoce con el nombre de Fraternidad Cristiana Universal, fundada por ella misma en 1938.

Los testimonios de quienes trabajaron a su lado, en especial los de su esposo, resultan valiosos para comprender el contexto en el que estos libros fueron escritos. Miles de páginas inspiradas eran escritas por la autora durante sus períodos de iluminación. Su contacto con ese mundo sutil hacía surgir en su corazón una necesidad constante de dar a conocer al mundo aquello que le era señalado. En un ambiente austero, en la soledad de su estudio, fue trazando a lo largo de décadas las enseñanzas recibidas por parte de sus maestros.

Hemos visto estos mismos procesos en muchos grandes espiritualistas contemporáneos a ella; procesos que resultan incomprensibles a la razón pero que sorprenden cuando  se convierten en obras que resultan verdaderos tesoros de sabiduría. Cumbres y Llanuras –como lo había sido antes Arpas Eternas- fue producto de la inspiración de uno de estos seres luminosos, que se reveló ante ella con el nombre de Hilarión de Monte Nebo. De allí que estas obras fueran escritas bajo ese pseudónimo, porque en definitiva era esa entidad de Luz la que dictaba lo que ella convertía en una narración extraordinaria.

El contexto que describe la obra es el del mundo esenio; una comunidad judía establecida en las orillas del Mar Muerto y en Galilea; comunidad a la que perteneció probablemente Juan el Bautista y el propio Cristo. Esta comunidad, cuyas doctrinas fueron descubiertas en el siglo pasado en las cuevas de Qumram, parece haber tenido una actividad gravitante a lo largo de la vida de Jesús, época en la que se encontraba fuertemente establecida en algunas ciudades palestinas. Cumbres y Llanuras nos ubica en la época inmediata posterior a la crucifixión. Muerto Jesús, se inicia un ciclo que la autora describe como doloroso y profundamente ignorado por los amantes del Maestro Nazareno. Ese ciclo está signado por los continuadores de su obra de redención y de amor a la humanidad.

Uno de los aspectos que llama profundamente la atención en la obra de Hilarión de Monte Nebo es la precisión con la que aborda cada uno de los personajes cercanos al entorno de Jesús. Este conocimiento detallado, la descripción de las escenas y el mensaje coincidente con el de los Evangelios, provoca la sensación de estar presente en cada una de las historias descriptas, a tal punto que se convierte en una verdadera experiencia espiritual.

Es precisamente la etapa posterior a la muerte de Jesús la que más ha desvelado a los especialistas y resulta sorprendente que la autora haya escrito esta obra muchos años antes de que fuesen descubiertos los manuscritos esenios de Qumram, hecho que ocurrió de manera fortuita cuando un pastor buscada sus cabras perdidas en el desierto que rodea el Mar Muerto. Si bien se conocía la existencia de la comunidad esenia, de ningún modo se sabía con precisión cual era su doctrina. Por esa sola razón la obra de Hilarión de Monte Nebo merece un lugar especial en la narrativa espiritual de nuestro país.

Otro aspecto destacable de Cumbres y Llanuras es la capacidad descriptiva que, en todo caso, podría atribuirse a un erudito en historia, cosa que no era Josefa Rosalía Luque Alvarez. Sin embargo, a lo largo de todo el relato, ella parece estar allí, presenciando uno de los momentos más dramáticos de la historia del cristianismo, cuando el Divino Maestro ya había partido y sus discípulos y amigos habían quedado a merced de sus perseguidores, en un ámbito hostil con un mensaje de amor inédito para la humanidad.

¿Cómo pudo la autora penetrar tan profundamente en la atmósfera del cristianismo primitivo sino a través de un mensajero que susurrara a sus oídos la historia de aquellos días? Es una pregunta sin respuesta. Tal vez la clave está en las palabras de la propia autora cuando nos dice que la rosa bermeja del amor de Cristo vive sin marchitarse en nuestro corazón. Por esa razón –y por muchas otras que encontraremos a lo largo de la obra- nos es necesario escuchar a Hilarión de Monte Nebo, describiéndonos aquello que hicieron los discípulos y amigos de Jesús después de su partida a los Reinos de la Eterna Luz y del Amor Eterno.

Una obra imprescindible para la comprensión de la espiritualidad cristiana. Editada por Kier.

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